Y hay que decirlo con la cabeza en alto: nuestra era fue sencillamente privilegiada.
Tuvimos la inmensa fortuna de vivir la época en que los verdaderos cantantes dejaban el alma en el micrófono, regalandonos himnos que nos ponían la piel de gallina y que se quedaban grabados en la memoria para siempre. Mientras la industria de hoy intenta fabricar talentos en una computadora, nosotros fuimos testigos del momento en que la música se hacía con garganta, corazón y un talento sobrenatural.
¡A esa voz inmortal y a nuestra época dorada jamás nadie se les igualará!