No faltó la campana de “Hells Bells” ni algunos de los riffs más reconocibles del rock, como los de “Highway to Hell” y “Shoot to Thrill”, que desatan una euforia inmediata. El repertorio avanzó como una descarga de alto voltaje: ritmos poderosos, riffs furiosos, guitarras filosas y un “grandes éxitos” sin pausas ni desvíos. Dentro de esa descarga continua, “Dirty Deeds Done Dirt Cheap”, “High Voltage” y “Riff Raff” reafirmaron esa lógica mientras que Power Up, su último disco, que da nombre a la gira, estuvo representado por el sonido de “Demon Fire” y “Shot in the Dark”.
En el público, el paso del tiempo también dejó sus huellas. Las pantallas de los teléfonos multiplicaron la escena y cambiaron su forma de ser vivida. La división del campo, además, fragmentó una experiencia que alguna vez fue más homogénea y algo más efusiva. “Es otro público, otra época. Pero mientras esté Angus al frente, AC/DC va a seguir”, dice Brian, un fanático oriundo de La Matanza, que también estuvo en 2009.
Hacia el final, la intensidad volvió a concentrarse: “You Shook Me All Night Long”, “Whole Lotta Rosie” —esta vez con la muñeca inflable reemplazada por una proyección en las pantallas— y “Let There Be Rock”, con el infinito solo de Angus que se estiró hasta volverse escena: elevado en una tarima, girando sobre el suelo, empujando el tiempo hasta el límite y recibiendo una correspondida ovación.
El cierre llegó con “T.N.T.” y “For Those About to Rock (We Salute You)”, acompañados por los cañonazos finales. Una despedida a la altura de una ceremonia que encontró su fuerza no en la sorpresa, sino en la certeza de saber que todo ocurriría como debía ocurrir. Y que, aun así, seguiría siendo inolvidable.